Precisamente hoy, 23 de Marzo, celebramos el Día del Libro. Y lo hacemos en un momento en el que el futuro de los libros en papel parece cuestionado por el desarrollo de los libros electrónicos. Como en todos los ámbitos de nuestra vida, la tecnología está sacudiendo también la literatura. Unos cambios a los que muchos se adaptan mientras otros optan por rechazar.
Hace unos días, Amazon presentó su nuevo Kindle Oasis, el último modelo de libro electrónico caracterizado por una mayor ligereza, duración de su batería y una tecnología que simula el efecto del papel impreso en sus pantallas, quizá tratando de arrastrar al lado digital a aquellos que insisten en permanecer fieles al papel. El propósito con el que se desarrolló este modelo está claro: frenar el repunte que experimentaron las ventas de los libros en papel en 2015.
Y es que no se puede dudar del romanticismo que acompaña a los libros en papel, como si su uso sirviese para mantener viva la memoria de todos aquellos autores, ya fallecidos en muchos casos, que los escribieron. Pero lo que sí empieza a ponerse en duda es si son prácticos. La tala de árboles, necesaria para la supervivencia de estos libros, unida a las débiles características físicas de un papel que sufre y se desgasta, no solo a causa del uso o el paso de los años, también porque está viendo cómo los libros electrónicos van tomando la delantera.
En una era en la que la tecnología surge para hacernos la vida más fácil, pocos ejemplos se me ocurren que hayan supuesto un cambio tan importante como los e-books. Su capacidad de almacenar toneladas de papel en un dispositivo de apenas 150 gramos de peso, unido al ahorro de papel y tinta que he mencionado anteriormente, me hacen presagiar que los libros en papel, tal y como los conocemos, están condenados a desaparecer. Pueden seguir evocando esas sensaciones románticas en el lector pero, objetivamente, han dejado de ser útiles.
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